“Carta del Padre Dios a su Hijo Jesús”.

Querido hijo Jesús: Soy tu Padre. Ya me conoces. Hace tan poquito que te fuiste al mundo para hacerte uno más de mis hijos los hombres, y a mí me parece una eternidad. Sí, ya sé que tú sigues aquí con nosotros.

Pero al verte, Niño, en el mundo, es como si hubieses dejado un vacío en el cielo. Y veo lo duro y difícil que es nacer como hombre y hacerte compañero de los hombres. Nadie salió a recibirte y ni te reconocieron. Te dejaron nacer como a cualquiera. A José nadie le abrió la puerta de su casa y tuviste que nacer en un establo de animales.

La verdad, Hijo, que lo siento. Pero a la vez esto me da una gran alegría, porque, al fin y al cabo, era lo que los dos buscábamos:

Estar cerca de aquellos que más lejos están.

Estar al lado de quienes no tienen a nadie con ellos.

Estar con los más abandonados a los que nadie abre las puertas de su casa.

Cuando pienso lo bien que estábamos todos aquí en el cielo y verte ahora en un pesebre, mi corazón se enternece. Y se enternece por el amor que siento por los hombres. Y también por el amor que tú les tienes.

Con frecuencia los hombres dicen que yo estoy lejos de ellos, que no los escucho ni me interesan sus problemas. Y tú, querido Hijo Jesús, eres la mejor prueba de que estoy bien cerquita de todos ellos. Tan cerca que somos ya

uno de ellos y uno como ellos.

Al mirarte desde aquí recostado en el pesebre pienso que ya nadie podrá decir que nosotros no sabemos lo que es la pobreza, ni la soledad de una noche fría, ni carecer de todo.

Hace unos momentos sentí que en torno a tu cueva había mucho movimiento. Me di cuenta de que eran los pastores de las cercanías. ¿Ves cómo la gente de corazón sencillo entiende lo nuestro? Estaban dormidos y al despertarse con el canto de los ángeles se levantaron y se pusieron en camino hasta encontrarte.

Sí, ya me di cuenta de la sonrisita que le regalaste a cada uno. No te imaginas lo contentos que volvieron a sus rebaños. Parecían otros. Todos sentían en su corazón la fiesta de tu nacimiento.

Tu amigo, el evangelista Juan, cuenta que la gente vio en ti un niño más. ¿Te das cuenta, Hijo, cómo tú y yo llegamos al corazón de los hombres casi en silencio, casi sin que se enteren? No me hubiera gustado que la gente se hubiese organizado para hacerte un gran recibimiento. Hubieras sido como ellos.

Ya lo irás aprendiendo, a algunos hombres les gusta mucho llamar la atención. Aman las grandes manifestaciones y aplausos. Pero nosotros hemos logrado lo que queríamos: estar junto a ellos, pero que a la vez tuviesen que buscarte. Estar a su lado y a veces pasar desapercibidos. El amor no necesita de ruidos, ¿verdad Hijo?

Te cuento que, cuando naciste, yo estaba mirando desde el cielo. Y de repente, vi cómo la cueva se iluminó. Tenía un resplandor único que sólo podían ver los que tenían un corazón y unos ojos limpios. Vista desde el cielo, la cueva parecía un incendio de amor.

Espero me cuentes cómo sentías las pajas del pesebre raspando tu cuerpo débil. ¿Y el frío? Para ti tuvo que ser toda una novedad. Acostumbrado a este calor del cielo, el frío de la tierra debe ser antipático. Pero yo te conozco. El calor de tu corazón suple con creces el frío del ambiente y de la falta de comodidades.

Bueno, Hijo Jesús, mientras estés con los hombres tendremos que ver la manera de cómo estar en contacto cada día. Sé que no puedes vivir sin mi calor de Padre, pero también sabes que tu Padre Dios tampoco puede vivir sin el calor y el cariño de su Hijo.

Ya sabes, cuando quieras hablar conmigo, retírate un momento a orar y allí estaré pronto para la cita. En todo caso, siempre estaré en tu corazón como tú lo estás en el mío.

Ah, se me olvidaba. No dejes de decirles a los hombres que los quiero mucho.

Los amo mucho. Que no importa lo mal que te han recibido.

Yo los sigo queriendo igual. Es posible que muchos no te crean. No te preocupes. Tú insiste en decirles que también ellos tienen un Dios Padre en el cielo que los ama tanto que hasta les ha enviado a su propio Hijo al que tanto ama. Diles que les amo como te amo a Ti mismo. ¡Y diles que también les envío mi bendición de NAVIDAD!

Un abrazo, Hijo, y muchos cariños de tu Padre Dios en esta “nuestra Navidad 2017”.


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